Dijo (el Padre Primero de los mbya guaraníes) que quienes supieran escuchar al cedro, cofre de las palabras, conocerían el futuro asiento de sus fogones. Quienes no supieran escucharlo, volverían a ser no más que tierra despreciada.
(Memoria del fuego I: Los nacimientos, de Eduardo Galeano.)
Duermo —en duermevela—
giro por un impulso secreto
cargo con la ciudad
la corvada espalda
los latidos violentos
enflorecen mis párpados
de un lado a otro
la cabeza desbordada
y la música entrando
en mi casa
en mi pieza
en mis poros
y caigo
arrollando en cada salto
las palabras los versos
las estrofas el poema
junto al fuego sagrado
bajo el sagrado cedro
el poema sagrado poema
me mira el colibrí azul
y yo lo veo quemarse
en la fogata encendida
y les hablo con la voz
del que se quema y vive
y les hablo y me escuchan
todos sentados me atienden
sentados en círculo oidores
viendo a través de los sonidos
los ojos en luz
los ojos fijos
con las llamas de la hoguera
con las llamas desde dentro
sin palabras sin versos
sin estrofas sin poema
me despierto definitivamente
con el regusto a cedro
para enfrentar a la ciudad
que flota entre las llamas
que flota en la fogata
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